Yanett Cecilia Pérez Vilca
Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú)
yaneperezvi@gmail.com
https://orcid.org/0009-0004-9039-8813
Esta obra está bajo una licencia internacional Creative Commons BY-NC-SA 4.0
DOI:https://doi.org/10.5281/zenodo.20029466
Sección: General
Recibido:14 de enero de 2026
Aceptado: 05 de marzo de 2026
Publicación:22 de mayo de 2026
El presente responde a un estudio cualitativo de casos múltiples cuyo objetivo es comprender cómo las mujeres usuarias
y una informante clave de un servicio de protección en Lima
Norte significan sus vínculos familiares, sociales y de pareja en
el marco de sus experiencias de violencia. El estudio trabajó
con cinco informantes utilizando un muestreo no probabilístico,
mientras que la data se recogió mediante entrevistas semiestructuradas. La interpretación cualitativa de datos apoyada
por ATLAS.ti identificó tres categorías que relatan las experiencias
tempranas de cuidado insuficiente y precariedad económica
que tienden a configurar apegos inseguros. En la adultez
dichos patrones se reavivan en dinámicas de pareja caracterizadas
por el control, dominación y ambivalencias en el apoyo,
factores que sitúan a las mujeres en riesgo de violencia, y les
dificultan la ruptura del vínculo. Los efectos psicosociales inciden
en la salud mental, vínculos maternofiliales y autocuidado
comprendiendo la interrelación entre historia vincular temprana,
desigualdades estructurales y violencia de género. Se
concluye que las experiencias de violencia en la infancia y en
la vida adulta configuran modos de entenderse, relacionarse
y coexistir, entramados en entornos estructurales que pueden
favorecer relaciones desiguales, sin embargo, aún a pesar de
la violencia ellas desarrollan su capacidad de agencia para
alcanzar su autonomía y bienestar.
Palabras clave:historia vincular, mujeres en situación de violencia,
contextos psicosociales en dinámicas de violencia.
This research constitutes a qualitative multiple-case study
aimed at understanding how female service users and
a key informant from a protection service in North Lima
construct meaning regarding their family, social, and
intimate partner bonds within the framework of their experiences
of violence. The study involved five informants
selected through non-probability sampling, with data
collected via semi-structured interviews. Qualitative data
interpretation, facilitated by ATLAS.ti, identified three core
categories that relate early experiences of insufficient
care and economic precarity that shape insecure attachments.
In adulthood, these patterns resurface within
partner dynamics defined by control, domination, and
ambivalent support, factors that place woman at risk
of violence and hinder their ability to sever the bond.
Psychosocial effects impact mental health, mother-child
bonds, self-care, encompassing the interrelationship
between early relational history, structural inequalities,
and gender violence. The study concludes that experiences
of violence in both childhood and adulthood
shape ways of self-perception, relating to others, and
coexistence. These dynamics are embedded in structural
environments that may foster unequal relationships;
nevertheless, despite the violence, these women develop
their capacity for agency to achieve autonomy and well-
being.
Keywords:relationship history, women in situations of
violence, psychosocial contexts in dynamics of violence.
En la vida cotidiana las personas nos enfrentamos a situaciones adversas, y, en gran medida, la manera de afrontarlas se configura a partir de nuestras experiencias vinculares, y es que el apego durante las etapas tempranas influye en nuestra capacidad de afronte y resolución de los problemas. En ese sentido, la configuración de los vínculos en la adultez no puede comprenderse sin los vínculos tempranos ni los patrones de apego desarrollados en el seno de la familia de origen, en determinados casos con dinámicas violentas.
En el Perú, la problemática de la violencia contra las mujeres evidencia una magnitud alarmante. El 68,9% de niñas(os) de 9 a 11 años fueron víctimas de algún tipo de violencia en su hogar, siendo la mayoría mujeres (INEI, 2025). En el 2025-I, el 50% de las mujeres de 15 a 49 años reportó haber sufrido violencia por parte de su pareja alguna vez. Lima Metropolitana, que a su vez concentra el mayor porcentaje de la población peruana (30%), durante el 2024 registró 154 feminicidios (INEI, 2025). Estas cifras establecen la necesidad de comprender no solo la prevalencia, sino también, los significados y sentidos que las mujeres atribuyen a estas experiencias en sus entornos sociales.
La violencia basada en género es un problema social, político y de salud que vulnera los derechos humanos, sobre todo de las mujeres (Otaño, 2025) y es la expresión máxima del patriarcado, sistema social que tiene como base la subordinación de lo femenino por debajo de lo masculino (Fries, 2000), la cual se expresa mediante patrones sociales y culturales arraigados en el imaginario social. Segato (2022) entiende que la violencia patriarcal actúa como una pedagogía que cosifica el cuerpo femenino y es un articulador para sostener un sistema de dominio sobre la vida y la muerte.
La literatura señala que la mayoría de las mujeres en situación de violencia conyugal presentan apego inseguro (Loubat et al., 2007). Pérez (2022) y Romero (2016) muestran cómo los vínculos inseguros junto con factores sociodemográficos como la edad, educación e ingresos influyen en la tolerancia a la violencia y en la dificultad para tomar decisiones que permitan salir de relaciones abusivas. Y en el Perú, alrededor del 51% de infantes entre 9 y 12 meses de edad no presentan una interacción adecuada con su madre (INEI, 2023) lo que podría dificultar el establecimiento de vínculos seguros.
A pesar de ello, en nuestro país, hay algunas políticas públicas a cargo del Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social – MIDIS (2023) que buscan fortalecer las prácticas de cuidado y desarrollo infantil temprano: a) La política Desarrollo Infantil Temprano, la cual trabaja sesiones educativas con las madres en los servicios de salud, b) El programa Nacional Cuna Más que brinda servicios de cuidado diurno, siendo uno de sus objetivos el fortalecer los conocimientos en las madres gestantes y las familias en pobreza y pobreza extrema a nivel de prácticas de cuidado sensible y responsable y proveer el servicio de cuidado, sin embargo su cobertura de atención es limitada al no contar con estos servicios en principales zonas periféricas de gran concentración poblacional como el área metropolitana de Lima Norte.
Pese a estas contribuciones, aún es limitada la comprensión entre la historia de apego temprano, los vínculos de pareja marcados por la violencia, las condiciones del entorno social, así como el impacto psicosocial que estas experiencias producen en la vida cotidiana, y es por ello que, desde este estudio de casos múltiples, se busca recuperar la voz de las participantes y comprender el sentido que atribuyen a sus experiencias de vida y resistencias.
El objetivo general de esta investigación es conocer los significados que las participantes atribuyen a estos procesos y sus efectos psicosociales, a nivel de a) describir cómo significan su historia vincular temprana y experiencias de apego familiar, reconociendo cuidados, carencias, maltratos que influyen en sus formas actuales de relacionarse; b) analizar cómo experimentan y mantienen relaciones de pareja violentas considerando la dependencia emocional, las acciones del agresor, el aislamiento, las agencias personales y los apoyos disponibles; y) caracterizar las repercusiones psicosociales de la violencia en su salud mental, en las relaciones familiares y en sus prácticas de autocuidado.
En ese sentido, la violencia de pareja no se comprende solo como un problema interpersonal sino como una experiencia configurada en trayectorias familiares, precariedad económica, mandatos de género y rutas institucionales específicas en la zona de Lima Norte.
El término apego, acuñado por Bowlby (2023), se define como un sistema de regulación conductual que se activa ante amenazas reales o percibidas y que orienta al infante hacia la figura cuidadora como base segura (Holmes y Slade, 2019). Asimismo, permite la exploración del medio y retornar a la seguridad cuando se sienta desprotegido.
Se identificaron cuatro tipos de apego: seguro, y los inseguros que responden al apego ansioso-ambivalente, al evitativo y al desorganizado. Los apegos inseguros se relacionan a dificultades en la regulación afectiva, dependencia, evitación emocional y patrones contradictorios resultando en experiencias traumáticas como sustos y miedo al cuidador (Holmes, 2019). Ponce (2020) refiere que la existencia de familias con dinámicas disfuncionales suele generarse cuando la madre es la cuidadora exclusiva de los hijos y el padre está ausente.
Asimismo, Amar (2006) señala que ante la negligencia parental emergen cuidadores alternos que intentan subsanar las carencias afectivas. Y se favorece el apego seguro dado que el infante tiene la posibilidad de contar con más de una madre: la biológica, la de crianza y otros integrantes con quiénes construye el vínculo (Cyrulnik, 2024).
El apego adulto constituye la expresión de los modelos relacionales desarrollados en la infancia, manifestándose en relaciones de pareja, vínculos familiares y en otros lazos significativos. Sin embargo, la continuidad de dichos patrones no es lineal ni determinista, ya que puede transformarse a partir de experiencias significativas relacionales, apoyo social e intervenciones institucionales. En relación con ello, Bardales (2012), señala que para algunas mujeres la unión de pareja significó la continuidad de los eventos de violencia sufridos en su hogar de origen, siendo uno de los factores que dificultan romper el círculo de la violencia es la presencia de sentimientos de afecto hacia la persona agresora. Por otro lado, la presencia de los hijos en la relación de pareja o ex pareja puede prolongar las dinámicas de control, al ser usado por los agresores como instrumentos de control. En ese sentido, Blossiers (2019) señala que el hombre crea nuevas formas de dominación cuando la mujer desocupa la posición subordinada históricamente asignada.
En contraste a ello, Rodríguez (2018) señala que, frente a situaciones de violencia y procesos de fortalecimiento de capacidades, ciertas mujeres expresaron actos de resistencias ante el disciplinamiento de los roles reproductivos, orientados a la protección de sus cuerpos y su salud. Desde este marco, Pignatiello (2017) propone que la reconfiguración de patrones violentos requiere el fortalecimiento de la autoestima, el cuestionamiento de los roles de género tradicionales que normalizan la violencia y el restablecimiento de la capacidad de agencia.
Para Cyrulnik (2021), existe una relación entre las condiciones estructurales y el vínculo de apego al referir que la inseguridad alimentaria, la falta de educación e ingresos económicos, escasas estimulaciones cognitivas afectan su formación debido a que los cuidadores se enfocan en la generación de ingresos para la sobrevivencia, y están emocionalmente poco disponibles para los hijos. En estos contextos, Holmes y Slade (2019) destaca que los cuidadores suelen experimentar altos niveles de estrés, lo que impacta en la seguridad vincular de los niños y contribuye a la reproducción intergeneracional de patrones disfuncionales marcados por la violencia.
Según el MIMP (2019), la precariedad económica incrementa la vulnerabilidad de las mujeres a situaciones de violencia doméstica, al reforzar la dependencia económica, la distribución desigual del trabajo doméstico y del cuidado, condiciones que limitan su autonomía, así como la capacidad de romper ciclos violentos. En esa línea, Hernández-Flores et al. (2024), señalan que las mujeres precarizadas poseen una débil autoestima y reducido apoyo emocional lo que profundiza su situación de riesgo social.
La violencia de género contra las mujeres está fundamentada en desigualdades estructurales de género y se sostiene por un sistema de discriminación interseccional (clase social, etnia, género, mandatos de maternidad) que, al ocurrir en ámbitos públicos o privados, por acción u omisión provoca muerte, daño o sufrimiento físico, sexual, psicológico, o social, lo que la convierte en un fenómeno estructural, sistemático y culturalmente sostenido (MIMP, 2016). En esa línea, Argüello (2024), coincide al señalar que ésta se sostiene en las relaciones de desigualdad de género, a nivel social como estatal. Lo que explica que diversas expresiones de violencia de género que ejercen los hombres sobre las mujeres suceden con impunidad o no son identificadas por las mismas afectadas. Y es así como el entorno social no opera como un simple decorado sino como condición activa en la producción, sostenimiento y resignificación de la violencia.
La violencia de pareja genera profundos impactos en la autoestima, la identidad, funcionamiento cognitivo y la salud mental de las mujeres (Carman et al., 2022). Además, favorece el aislamiento laboral, sobrecarga económica, desprotección social, lesiones físicas y el deterioro en los vínculos con los hijos (Bardales, 2017). Asimismo, la cultura occidental ha idealizado la figura materna, convirtiéndola en prisionera de la maternidad (Cyrulnik, 2021), y es así como la sobrecarga de cuidados en las madres genera agotamiento y actitudes de evasión previsibles ante la exigencia social del cuidado en condiciones de inequidad (Ponce, 2020), lo que produce más afectaciones psicosociales.
De este modo, la historia vincular temprana configura modos de relacionarse que, al interactuar con condiciones socioeconómicas adversas, favorecen la vulnerabilidad de las mujeres a través del mantenimiento de vínculos violentos. En este sentido, la violencia contra las mujeres profundiza los impactos psicosociales lo que deriva en una cuestión social y de salud pública que sobrepasa el ámbito privado (Hernández et al., 2024), generando un círculo complejo donde la experiencia subjetiva del apego, el contexto social y las consecuencias psicosociales se entrecruzan.
Esta acelerada transformación de la sociedad, la cual genera impactos en la salud mental e individuos con pobres habilidades sociales y parentales, con apegos inseguros alterando los vínculos familiares (Cyrulnik, 2019). Es así que en este escenario los hijos de mujeres víctimas presentan daños en su salud mental a través de conductas depresivas, antisociales y violentas (Bernal, 2021), lo que deriva en estigmatización social (Hernández–Flórez et al., 2024). El progenitor refuerza estas dinámicas con prácticas rígidas y autoritarias asociadas a constructos culturales de masculinidad tradicional (Sara-Lafosse, 1984).
La investigación tuvo un enfoque cualitativo orientado a comprender de manera situada las trayectorias vinculares, relacionales y psicosociales de las participantes, su diseño respondió a un estudio de casos múltiples, ya que los límites entre fenómenos y el contexto no son del todo evidentes (López, 2013). Asimismo, se trabajó con una temporalidad transversal, ya que la información se recogió en un único momento (Hernández-Sampieri, 2014).
La población consistió en mujeres adultas que accedieron a los servicios públicos de protección social, en este caso los Centros de Emergencia Mujer (CEM). Como parte de este servicio, ellas también se encontraban llevando sesiones psicoterapéuticas y de orientación social en los Centros de Salud Mental Comunitario. Su condición de usuarias fue relevante ya que sus relatos estaban atravesados por procesos previos de atención y acompañamiento institucional. El muestreo fue no probabilístico e intencional, y respondió a una serie de criterios de inclusión.
Respecto a las mujeres participantes del servicio de protección social, se seleccionó a sobrevivientes por hechos de violencia proveniente de la pareja o expareja, cuyas edades comprenden entre los 32 y 64 años, residentes en los distritos de Lima Norte, que cuenten con al menos 2 años de atención y acompañamiento en los servicios de protección social, dado que, a mayor tiempo posible en los procesos de soporte integral, la participante podría contar con mayor capacidad de agencia para relatar su experiencia y de manera fluida. Asimismo, se consideró la disponibilidad y voluntad de participar en la entrevista y brindar su consentimiento informado. Como criterio de exclusión, mujeres en riesgo alto de violencia al momento del estudio y con menos de 2 años de inserción en los Centros de Emergencia Mujer.
Asimismo, con el propósito de complementar la información, se consideró entrevistar a una psicóloga como informante clave, quien forma parte del proceso de acompañamiento psicológico que actualmente reciben dichas participantes. En su caso, se consideró que tenga formación profesional en psicología con colegiatura vigente, con mínimo 5 años de experiencia trabajando con poblaciones en contextos de violencia. Como criterio de exclusión, no se tomó en cuenta a colegas que no hayan atendido los casos.
La técnica principal fue la entrevista semiestructurada que permitió obtener descripciones profundas desde las vivencias de las participantes, explorando aspectos subjetivos y emergentes esenciales (Hernández- Sampieri, 2014). Se complementó con la observación no participante que permitió capturar las expresiones no verbales y reacciones emocionales de las participantes durante las entrevistas.
Los instrumentos empleados fueron la guía de entrevista y el cuaderno de campo que se empleó como recurso complementario para registrar aspectos expresivos y contextuales durante el trabajo de campo. La guía se elaboró de acuerdo al planteamiento del problema, la teoría, los objetivos iniciales planteados y las categorías apriorísticas, por cada área se plantearon preguntas abiertas con la intención de obtener información que motivara nuevas ideas o preguntas de investigación.
Durante la recolección de información, se coordinó previamente con los responsables institucionales quiénes autorizaron la realización del estudio y facilitaron el acceso a las fichas de atención y la identificación de las potenciales participantes exclusivamente con fines académicos y bajo criterios de confidencialidad. Luego, se tomó contacto y se programaron las entrevistas de manera presencial en espacios que garantizaron privacidad y comodidad según la disponibilidad de tiempo de las informantes.
Es importante mencionar que en un inicio se contactó a cinco mujeres usuarias, de las cuales una rechazó la propuesta por no disponer de tiempo, quedando con cuatro mujeres participantes. Antes de iniciar las entrevistas, se explicó el propósito del estudio, la naturaleza voluntaria de la participación, los posibles beneficios y riesgos, así como medidas para proteger su identidad. Cada participante revisó y firmó el consentimiento informado, y otorgó su autorización para la grabación de audio. El desarrollo de las entrevistas se realizó desde una actitud empática, respetuosa y no directiva, procurando favorecer la expresión libre y sincera de las experiencias relatadas.
Finalmente, se compartió con la institución participante una síntesis de los principales hallazgos. Esta devolución tuvo como finalidad contribuir a la reflexión y mejora de los servicios, evitando en todo momento compartir información que pudiera comprometer la identidad de las participantes. Con ello se garantizó un cierre ético y responsable del proceso investigativo.
En un primer momento se realizó la limpieza de los datos, que incluyó la transcripción íntegra de las entrevistas grabadas preservando la literalidad de las narrativas, el ordenamiento en párrafos, preguntas y respuestas garantizando el orden del cuerpo textual. Posteriormente, se realizó una lectura inicial y repetida de los textos, permitiendo una primera aproximación a los sentidos subjetivos de las participantes.
Durante el análisis se utilizó el software ATLAS.ti como herramienta para la organización y sistematización de los hallazgos. Luego, se procedió a la identificación de citas que respondían a los objetivos del estudio, las cuales fueron codificadas con base a las categorías apriorísticas: Se obtuvieron 12 códigos abiertos organizados en 3 categorías relacionadas a la historia vincular temprana, las relaciones sociales violentas en la vida adulta y las manifestaciones psicosociales de la violencia. Asimismo, se incorporó el contenido del cuaderno de campo al análisis, el cual registró el lenguaje no verbal (silencios, tono de voz, gestos) durante las entrevistas presenciales. Esta información permitió situar los relatos desde una mirada afectiva. El segundo momento, comprendió el análisis cualitativo por categorización en donde se contrastaron los relatos y buscar recurrencias, patrones comunes y divergentes en las trayectorias de las participantes mediante la comparación constante. Cabe mencionar que este proceso siguió un orden lógico que posibilitó descubrir vínculos y relaciones entre los elementos del discurso respetando las experiencias versadas por las participantes, su propio lenguaje, significados y formas de describir sus vivencias poniendo en valor sus voces, para comprender, de manera crítica e integral, las condiciones que mantienen la violencia. Finalmente, se incorporó el testimonio de la psicóloga como un criterio de profundización técnica, permitiendo contrastar las vivencias subjetivas de las mujeres participantes con una perspectiva profesional y fortaleciendo la triangulación interpretativa, dándole así mayor solidez a la construcción de los significados y conocimiento del fenómeno estudiado.
Para el presente estudio solo se permitió la participación voluntaria, mediante un formato de consentimiento informado, en el cual se les compartió los datos de la investigadora, así como se protegió su identidad mediante la utilización de seudónimos. Asimismo, se hizo hincapié en que se grabarán las entrevistas para mantener la fidelidad del relato cuyo acceso es restringido y que una vez finalizado el análisis de datos se eliminará los datos identificatorios de las transcripciones y se destruirán los archivos. Durante las entrevistas se evitó solicitar el relato y recrudecimiento de las situaciones de violencia, así como se contó con un protocolo de manejo de primeros auxilios psicológicos y contención emocional.
Entre las limitaciones del estudio se encuentran el número reducido de casos, su localización específica en Lima Norte, y la distinta naturaleza analítica de la informante clave respecto de las usuarias. En ese sentido, al ser un estudio inicial, se proyecta a futuro trabajar una intervención con más participantes.
A continuación, se presentan algunas características sociodemográficas de las mujeres informantes:
Tabla 1. Características sociodemográficas de las participantes

De acuerdo con la tabla núm. 1, las informantes presentan edades que oscilan entre los 34 y 64 años, residentes en Lima Norte y siendo sus agresores sus parejas en ese entonces. Asimismo, es importante mencionar que todas tienen un tiempo de acompañamiento institucional mínimo de 2 años, lo que facilita el análisis de sus procesos de agencia.
Respecto a los resultados obtenidos, como se hizo mención en apartados anteriores, se identificaron 320 citas textuales, las cuales respondieron a 12 códigos que fueron agrupados en 3 categorías, las cuales se procederá a detallar a continuación:
Tabla 2.Categorías, códigos y citas del estudio

Esta categoría integra los relatos sobre las carencias económicas, el trato, las pautas de comunicación, el establecimiento de normas y las prácticas aprendidas para la resolución de conflictos, así como los cuidados percibidos de los progenitores o cuidadores durante la niñez. Los primeros relatos evidencian entornos de precariedad estructural durante la infancia, la carencia de recursos como agua, alimentos y productos de aseo aparecen como cotidianos.
Hemos pasado hambre, mi papá daba la comida, a veces se cansaba. Vivíamos en la sierra, allí no había nada, ni los animales querían acercarse porque todo era seco. (Rossana, usuaria)Dichos relatos coinciden con la informante clave, quien añade que esta precariedad es transmitida intergeneracionalmente y recordarlo les genera dolor emocional.
[…] recordar las carencias económicas para ellas es llanto, son historias que se repiten, que también pasaron sus padres. (Isabel, psicóloga)Asimismo, las participantes recuerdan hogares marcados por la distancia emocional, las cuales asocian con sentimientos de soledad y desprotección. En sus relatos, describen contextos familiares atravesados por factores de riesgo como la dependencia alcohólica del progenitor, violencia, y actitudes desentendidas frente a requerimientos básicos y una ausencia de validación de sus experiencias. La informante refuerza mencionando cómo este vínculo parental no cumplió su rol afectivo.
Mi papá discutía mucho con mi mamá, peleaban. Mis hermanos se metían en la discusión, se escandalizaban, a veces mis hermanos en reuniones se peleaban. Ellos comenzaron a mirar eso y entre ellos se gritaban, tomaban mucho. (Ricardina, usuaria)La historia vincular temprana de las participantes evidencian situaciones de desprotección parental en entornos de precariedad económica y estructural. En ese sentido, el rol parental se vincula con la capacidad de agencia individual y colectiva de los progenitores y las condiciones del entorno social.
Esta categoría recoge cómo las participantes resignifican las interacciones atravesadas por la violencia de pareja o expareja, asimismo de como estas relaciones pre y post denuncia moldean sus decisiones, poder de acción y bienestar. En los primeros relatos predominan las vivencias de pareja atravesadas por sentimientos de dolor frente a la ruptura y abandono, actos de control por celos, así como ambivalencia afectiva hacia el agresor.
Siento pena de que no podamos seguir juntos. Me siento mal con mis sentimientos porque son míos, porque creo que, para él, nada más fue una época. (Chelsi, usuaria)Las usuarias describen situaciones de interacción sexual con sus agresores con una connotación de subordinación explícita (no usando métodos anticonceptivos) y de apartamiento emocional posterior al acto sexual.
[la verbalización se expresó con voz baja y mirada agacha] Tuvimos relaciones y me dijo ya te puedes ir ahora, yo no me fui porque pensé que me voy a quedar embarazada. Él era y es un mujeriego. (Rossana, usuaria)Del mismo modo, describen relatos que significan mecanismos de autoprotección y estigma mediante el aislamiento por vergüenza o falta de confianza en sus familiares, lo que conlleva a la no percepción de apoyo y no sentir el derecho a recibirlo. Transitan sus problemas sin involucrar a su entorno cercano, reforzando un patrón aprendido de afrontamiento individual con dolor emocional y autosuficiencia. Lo referido se complementa con lo descrito por la informante clave quien resalta que las relaciones de pareja con dinámicas violentas moldean la configuración de las redes de apoyo, se presenta un distanciamiento entre la afectada y la red.
No conté a nadie (situación de violencia), por vergüenza, porque no tenía la confianza. (Rossana, usuaria)Si bien es cierto, en algunos casos las informantes describen no contar con apoyo familiar, sin embargo, avanzando en sus relatos exponen la recepción de apoyo proveniente de la familia de origen cuando lo solicitaron, condicionada al alejamiento del agresor. Asimismo, reconocen haber participado en procesos de acompañamiento emocional, asesoría legal y asistencia social proveídos por los servicios de protección pública.
La última vez que el papá de mis hijos me tiró un puñetazo y con los lentes, me corté la nariz. Mi papá ya no me quiso apoyar votándolo de la casa, porque estaba cansado, porque antes no le había hecho caso cuando me dijo que no lo perdonara al hombre. (Chelsi, usuaria)Asimismo, las informantes sugieren un rol paterno ambivalente mediante la intermitencia en el cumplimiento de sus responsabilidades a nivel económico, doméstico y de cuidado. Esta ambivalencia se expresa en visitas de cuidado esporádicas orientadas más al control de la madre que al cuidado efectivo de los hijos. El rol paterno ambivalente podría vincularse con sostenerse en los estereotipos de género, problemas económicos, condiciones de salud mental.
Es una o dos veces a la semana que va a la casa para cuidar a los niños, puede ser lunes y miércoles o lunes y viernes, no quiere venir más días, más está pendiente de que yo esté en la casa y con los niños. (Alessa, usuaria)Actualmente los relatos sugieren al consumo de alcohol como una necesidad funcional para gestionar el estrés acumulado tras la ruptura del vínculo violento y afrontar la nueva dinámica familiar, generando cuestionamientos provenientes de la familia de origen.
Con el papá de mis hijas, llevo una relación tediosa, trato de mantenerme distante con él. Como yo vivo en su casa, trata de restringirme salidas, me limita, un día llegué dos horas después de lo usual y me echó llave, no podía ingresar. (Alessa, usuaria)Sin embargo, a pesar de todo lo vivido algunas relatan sus expectativas y deseos para retomar sus vínculos amorosos, incluyendo lo que esperan recibir y las condiciones que consideran importantes para iniciarla, con una mayor capacidad de agencia personal y colectiva sostenida por los procesos de acompañamiento institucional y las redes de soporte familiar.
Yo le he dicho si nosotros en algún momento regresamos, es porque quiero ser feliz, porque me he sentido muy bien volviendo, pero si eso cambia, veo que se va mi tranquilidad no podemos seguir, así estemos casados. (Ricardina, usuaria)En ese sentido, estos relatos evidencian que las redes de apoyo familiar y social aparecen como un sostén intermitente que activa la denuncia y la protección, pero que se retrae cuando se regresa al vínculo violento o genera desgaste. Asimismo, los relatos muestran que el vínculo con el agresor no se sostiene solo por la dependencia emocional sino también por la dependencia económica, historia relacional previa y escasez de redes disponibles, sin embargo, se muestran intentos de reconfigurar la propia vida.
Esta categoría hace referencia a los efectos emocionales y sociales que presentan las mujeres como resultado del historial vincular de violencia. Sus relatos describen reacciones emocionales y cognitivas frente a situaciones de crisis y alto estrés, manifestando miedo, ansiedad, tristeza, culpa, así como sensación de inseguridad, baja autoestima, depresión, las cuales influyen en su bienestar psicológico. Dichos relatos coinciden con lo descrito por la informante clave, y complementa que los efectos difieren en magnitud, riesgo y tiempo de exposición.
Yo tenía mucho pensamiento negativo, me quería matar, siempre, eso lo sentía de pequeña hasta de madura. Un día internada y dopada con los medicamentos, vi a mi hijo menor a lado de la cama, al ver a mi hijo allí, sentí un dolor [pausa silenciosa] y al mismo tiempo me vino una fuerza, dije no más, voy a buscar ayuda y así fue. (Ricardina, usuaria)Asimismo, las informantes describen que sus hijos presentan alteraciones en su bienestar identificándoles como víctimas directas e indirectas de la violencia. También, se relatan situaciones de reclamo hacia ellas por las experiencias de violencia vividas en el entorno familiar e intentos de influencia, asumiendo funciones de protección, control y cuidado sobre la madre lo que configura una red de apoyo para ellas. La profesional reporta que las relaciones vinculares oscilan entre la sobreprotección y cercanía excesiva, y el trato frío y distante.
(como consecuencia de la violencia que sufrimos en casa) […] mi hija estuvo con psiquiatra, le dieron medicina, no lo tomó ella porque como ya se fue con el chico, se siente mejor. (Rossana, usuaria)Finalmente, dentro de esta categoría, se describen relatos sobre el impacto emocional como consecuencia de la sobrecarga de los roles de cuidado y protección, así como el autocuidado. Se combinan relatos sobre el agotamiento físico y emocional de las participantes, el descuido de sus propias necesidades debido a la demanda constante de atender, proteger y sostener a otros, lo que afecta su bienestar, sus emociones y su capacidad de cuidarse a sí mismas. La informante clave resalta estas labores como poco remuneradas, pero vitales para el día a día.
Siempre tengo que estar en casa con los chicos, llevando al colegio, recogiendo del colegio, cocinando, preparando la cena y luego solo voy a dormir. (Alessa, usuaria)Los relatos evidencian que los efectos psicosociales han trascendido la subjetividad de las participantes, desestructurando su autopercepción, asimismo ha vulnerado el entorno seguro de sus hijos.
Más que confirmar relaciones lineales entre apego y violencia, los casos analizados permiten comprender cómo las experiencias tempranas de cuidado, precariedad económica, mandatos de género y apoyo institucional se entrelazan en trayectorias relacionales complejas. Desde una perspectiva reflexiva, el análisis reconoce el riesgo de interpretar estas trayectorias únicamente desde la carencia o la victimización. Por ello, se buscó también atender a las formas de agencia, resistencia y resignificación presentes en los casos. En ese sentido, la discusión se organiza según las tres categorías principales del análisis.
Respecto a la primera categoría, las carencias económicas de tipo estructural y las situaciones de desprotección parental en la primera infancia son variables presentes en la historia vincular temprana de las participantes. Este resultado guarda relación con Cyrulnik (2021), quien señala que las condiciones estructurales modelan la formación del apego dado que, ante la inseguridad alimentaria, no acceso a la educación los progenitores se enfocan en la generación de ingresos antes que estar disponibles emocionalmente para sus hijos. La carencia no es un problema coyuntural e individual sino una condición permanente que afecta a otros roles como el cuidado. Asimismo, se alinea a Holmes y Slade (2019) quienes refieren que estas condiciones no son hechos aislados, sino son respuestas de estructuras económicas, sociopolíticas que perpetúan desigualdades, favoreciendo la vulnerabilidad de ciertos grupos.
Las carencias afectivas y las prácticas de crianza autoritarias de los relatos corresponden a los hallazgos de Ponce (2020), quien afirma que la precariedad económica y la sobrecarga de cuidado orienta a estilos maternales más agresivos como mecanismo de control y mantenimiento de normas domésticas. No obstante, si bien los mandatos de género tradicionales enmarcan a la madre como principal proveedora del cuidado, la evidencia subraya la necesidad de problematizar el rol del progenitor. La participación del padre en el proceso de crianza aparece, en este contexto, como un elemento cuya ausencia o intermitencia agudiza la vulnerabilidad de la dinámica familiar.
Si bien los datos muestran una infancia marcada por la precariedad multidimensional, este escenario no debe leerse como un vacío de capacidades. Por el contrario, la ausencia explícita o implícita de los cuidadores obligó a desarrollar una agencia temprana como recurrir a figuras de apoyo como las hermanas/os, coincidiendo con Amar (2006), quien señala que ante la desprotección parental surgen cuidadores alternos. En esa línea, Cyrulnik (2024), afirma que la existencia de múltiples figuras de apego puede ejercer un efecto protector cuando la figura cuidadora principal es negligente.
De todo lo descrito se concluye que la historia vincular temprana de las participantes se estructura a partir de condiciones de precariedad económica, carencias afectivas, pautas de crianza autoritarias y entornos relacionales violentos, que influyen en sus formas posteriores de vinculación afectiva. No obstante, reconocer dichas condiciones podría significar un primer paso de resistencia para prevenir la repetición de esos patrones.
Con respecto a la segunda categoría, las dinámicas vinculares de las participantes exponen una heterogeneidad de respuestas frente a dinámicas de poder como el control coercitivo y los procesos de desvalorización que condicionan sus posibilidades de acción. La violencia opera como una pedagogía que cosifica el cuerpo femenino anulando su subjetividad frente al poder del otro y a su vez sostiene el sistema estructural (Segato, 2022), y esto se muestra en los relatos de las participantes, cediendo, y posteriormente ejerciendo una resistencia activa. Dichas acciones convergen parcialmente con lo referido por Rodríguez (2018), quien destaca la identificación de resistencias ante el disciplinamiento de los roles reproductivos, para proteger los cuerpos y la salud de las mujeres. Mientras que en ciertos relatos se observa una resistencia persistente, en otros se manifiesta una resignación temporal ante la nueva dinámica familiar condicionada por el abandono económico del agresor, lo que obliga a las mujeres a priorizar la subsistencia económica y familiar por sobre su propia autonomía subjetiva.
Asimismo, el aislamiento aparece como un factor de riesgo que erosiona las redes de contención primaria de las participantes. No obstante, los hallazgos evidencian ambivalencia en la percepción de las redes de apoyo. Esta dualidad no debe interpretarse como una incongruencia narrativa de las informantes sino como el reflejo de una limitada capacidad de respuesta del entorno social, condicionando el soporte, dado que no suele comprenderse la complejidad del vínculo traumático y la intermitencia del ciclo de la violencia. Pese a este escenario externo, las mujeres logran identificar y activar recursos personales como determinar el momento oportuno para buscar apoyo y acceder a servicios institucionales que al entrar en contacto con las redes de soporte estimulan su fortalecimiento individual y colectivo. En esa línea, Pignatiello (2017) señala que la superación de la violencia es posible con el fortalecimiento de la autoestima y la reconfiguración de los roles de género, procesos que permiten restituir la capacidad de agencia.
Finalmente, las vivencias relatadas muestran que las dinámicas de violencia no son hechos aislados, sino procesos configurados donde interseccionan la precariedad económica, el género y la desigualdad social. Estas condiciones, moldean los vínculos emocionales, familiares y sociales de las mujeres además de influir en la relación con la pareja. Estas situaciones en el ámbito íntimo son un reflejo de los sistemas estructurales de poder que atraviesa la vida de las informantes.
En cuanto a la tercera categoría, Carman y otros (2022) mencionan que la violencia de pareja genera afectaciones profundas en la autoestima, identidad, funciones cognitivas y la salud mental. A ello se suman el aislamiento que afecta el desempeño laboral, la sobrecarga económica, desprotección de redes, y afectaciones físicas (Bardales, 2017). Estas afirmaciones coinciden con lo descrito por las participantes. No obstante, más allá de los síntomas asociados al bienestar psicológico, sus trayectorias de vida exponen una tensión constante entre el mandato social del cuidado y la precariedad económica estructural. Asimismo, los hijos se convierten en víctimas directas e indirectas de la violencia presentando afectaciones socioemocionales, coincidiendo con Bernal (2021), quien señala la presencia de manifestaciones depresivas, violentas y aislamiento social en niños afectados por violencia intrafamiliar.
La fragilidad de los vínculos paternofiliales descrita donde la figura paterna se presenta como inestable o violenta confirma los constructos culturales de masculinidad tradicional analizados por Sara-Lafosse (1984), y es que, ante esta ausencia del rol protector masculino, las participantes asumen una sobrecarga de labores productivas y reproductivas que genera un agotamiento profundo y debilitar la voluntad de la mujer. En sintonía con Ponce (2020), este marco no es una deficiencia individual, sino el reflejo condiciones inequitativas. La postergación del cuidado personal aparece como una estrategia de afrontamiento frente a las demandas del entorno familiar y el sistema de género.
A través de este estudio se puede comprender que las experiencias de violencia en la infancia y en las relaciones de pareja moldean las formas de percibirse, vincularse y convivir. Los testimonios reflejan trayectorias marcadas por carencias afectivas, inestabilidad parental, precariedad económica, relaciones de control y dependencia emocional en escenarios de desigualdad estructural.
La investigación evidenció una heterogeneidad de casos en el sentido que cada historia reveló dimensiones singulares de la violencia; no obstante, se hallaron convergencias en las historias vinculares tempranas y en los efectos psicosociales detectados. Esta dualidad permite concluir que la violencia de pareja es un problema configurado en la cultura patriarcal y operando como una continuidad de patrones aprendidos donde concurren ambivalencias afectivas como el miedo, el rechazo, el afecto, y la tolerancia hacia el maltrato. Se confirma que su impacto trasciende la esfera emocional, extendiéndose sobre la salud física, las dinámicas parentales, la autonomía económica y, principalmente, el bienestar integral de los hijos e hijas.
Se identificaron en los relatos como un aspecto en común, una marcada ambivalencia en la percepción de las redes de apoyo familiar que responde a una limitada capacidad de respuesta del entorno familiar y social, dado que no se suele comprender la complejidad del vínculo traumático y la naturaleza del ciclo de la violencia, generando desgaste en la red que acompaña, que suele condicionar el apoyo, profundizando el aislamiento de las mujeres y obligándolas a identificar estrategias como: seleccionar que información brindar para no ser juzgadas por el entorno.
Si bien en las participantes persisten secuelas derivadas de la violencia, los hallazgos sugieren que las experiencias de vida de las participantes no están limitadas por la afectación o trauma, se observa el despliegue de sus capacidades de agencia, el agenciamiento de recursos institucionales y el ejercicio de prácticas de resistencia de cara hacia la autonomía. Este proceso de realización personal y social, aunque con tensiones, se presenta con mayor prudencia al momento de iniciar nuevos vínculos como nuevas formas de habitar la subjetividad y el deseo.
Los casos analizados sugieren que las experiencias tempranas de cuidado insuficiente, la precariedad económica y las desigualdades de género se entrelazan en trayectorias donde la violencia de pareja adquiere sentido y persistencia, aunque no de forma lineal, ni inevitable. La reproducción de estas dinámicas violentas en el ámbito íntimo refleja los sistemas estructurales de poder que atraviesan la vida de las informantes. Comprender este entramado desde la voz de las propias mujeres permite mirar dimensiones emocionales, relacionales y sociales frecuentemente invisibilizadas, y aporta insumos para orientar intervenciones sensibles a las experiencias de las mujeres y fundamentadas en una comprensión integral de sus condiciones sociales y relacionales.
Es importante fortalecer en los servicios públicos estrategias de intervención que consideren la ambivalencia del apoyo familiar y social, la dependencia emocional, el desgaste por la sobrecarga de cuidados y la necesidad de procesos terapéuticos sostenidos.
Incorporar el enfoque de apego seguro en los programas públicos de salud y protección social en las zonas periféricas de Lima Norte y garantizar intervenciones preventivas que incluyan a madres, padres, cuidadores y familias extensas.
Generar espacios comunitarios de apoyo mutuo, que reduzcan el aislamiento, fomenten tanto la autonomía emocional como económica y faciliten la identificación temprana de ciclos de violencia en las relaciones de pareja.
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