El psicoanálisis shandiano: un nuevo paradigma para el psicoanálisis


Luis Tamayo Pérez

Universidad Autónoma del Estado de Morelos (México)

tamayo58@gmail.com

https://orcid.org/0000-0002-2755-7015



Esta obra está bajo una licencia internacional Creative Commons BY-NC-SA 4.0

DOI:https://doi.org/10.5281/zenodo.19684116

Sección: General


Recibido:20 de agosto de 2025

Aceptado: 20 de octubre de 2025

Publicación:08 de mayo de 2026


Resumen

A fines del 2022 apareció, en lengua inglesa, el estudio Shandean Psychoanalysis (Routledge) de la psicoanalista Françoise Davoine, el cual reitera y amplía la tesis planteada desde el 2006 en el ensayo Historia y trauma escrito por ella y Jean-Max Gaudillière: que su, entonces denominado psychanalyse à l’envers (psicoanálisis al revés) constituía un nuevo paradigma del psicoanálisis, uno capaz de presentar un modelo teórico y clínico eficiente en los casos del trauma y la locura. Denominado ahora “Psicoanálisis shandiano” por apoyarse en la obra clásica del Siglo XVIII: Tristram Shandy, Gentleman de Laurence Sterne, la propuesta es renovada y consolidada. En este artículo revisaremos tal propuesta para verificar —o no— su validez y pertinencia.
Palabras clave:Psicoanálisis, locura, trauma, paradigma.

Shandean Psychoanalysis: a new paradigm for psychoanalysis

Abstract

At the end of 2022, psychoanalyst Françoise Davoine's Shandean Psychoanalysis (Routledge) appeared in English. It reiterates and expands on the thesis put forward in Davoine and Jean-Max Gaudillière's 2006 essay History and Trauma: that their then-called psychanalyse à l’envers (psychoanalysis backwards) constituted a new paradigm of psychoanalysis, one capable of presenting an efficient theoretical and clinical model for cases of trauma and madness. Now called “Shandean Psychoanalysis” because it is based on Laurence Sterne's classic 18th-century work Tristram Shandy, Gentleman, the proposal is renewed and consolidated. In this article, we will review this proposal to verify—or not—its validity and relevance.
Keywords:Psychoanalysis, madness, trauma, paradigm.

Introducción


“Uno no es psicoanalista, lo deviene”.
Wilfred Bion (A memoir of the futur,1991).

En su ensayo Historia y trauma (2006/2010), Françoise Davoine y Jean-Max Gaudillière indican que su propuesta constituye un nuevo paradigma del psicoanálisis. Afirman lo anterior porque, así como se apoyan firmemente en las propuestas freudiana y lacaniana, también muestran que tanto el paradigma de Freud como el de Lacan dejaron de lado a aquellos pacientes afectados por el trauma y la psicosis y, particularmente, a aquellos traumatizados por la guerra. Su propuesta, como indican citando a Sheppard (2000), nació “en condiciones de guerra”:

El psicoanálisis de las psicosis en parte nació en este frente [el de la Gran guerra], exponiendo a psiquiatras y neurólogos desde un inicio, a la confusión entre locura, trauma psíquico y lesiones cerebrales […] A menudo se ven pacientes que claramente padecen ciertas lesiones cerebrales y que conservan una inteligencia intacta. Pero, desconectada de sus emociones, esta inteligencia los lleva a tomar decisiones incoherentes y desastrosas (Davoine y Gaudillière, 2010, p. 34).

Y en el análisis con tales pacientes, la transferencia se manifiesta como “interferencia”:

[…] el análisis de las interferencias registradas sin que lo sepan el analista ni el paciente [produce] el sujeto de investigación, y por lo tanto [rodea] poco a poco lo Real de lo que se trata” […] “singularidades, impresiones furtivas, fugitivamente percibidas por el analista, forman parte del proceso de investigación, con la condición de que el analista sea capaz, en un segundo momento, de elaborarlos; y en un tercer momento, de dar cuenta de ellos a su paciente (Davoine y Gaudillière, 2010, p. 98).

Antes de revisar esta propuesta detengámonos un poco en lo que pretende ampliar: los paradigmas freudiano y lacaniano.

I. Del paradigma

Recordemos que fue Thomas Kuhn quien, hace más de medio siglo, mostró la manera como se relevaban los paradigmas en las ciencias. En su ensayo La estructura de las revoluciones científicas revisa, entre otros, lo ocurrido en el paso del paradigma newtoniano al relativista en la física. Kuhn nos recuerda que, a principios del siglo XX, la ciencia física de entonces, en su totalidad newtoniana, consideraba que ya no había gran cosa que investigar, que prácticamente todas las leyes de la naturaleza (la fisis) habían sido establecidas y que, en consecuencia, sólo había que incorporar unos cuantos fenómenos aislados –como el movimiento browniano o el “corrimiento hacia el rojo del espectro de luz de las estrellas distantes” (Kuhn, 1971, p. 56)— para dar por terminada dicha ciencia. Sin embargo, tan sólo unos pocos años después, Albert Einstein planteó su teoría de la relatividad general, esa que mostró —precisamente a partir del estudio cuidadoso de tales fenómenos “aislados” y que eran comprendidos sólo gracias a “hipótesis ad hoc”— que era posible sostener una nueva teoría física, la de la relatividad general, una que no sólo incorporaba de manera orgánica los fenómenos aislados referidos sino que permitía comprender tanto los fenómenos físicos descritos por los newtonianos sino a aquellos que, por presentarse a escala interestelar, estaban fuera de su comprensión.

Kuhn no deja de señalarnos que, hubo numerosos y muy brillantes físicos de aquellos tiempos, que nunca aceptaron la teoría relativista y que fue sólo hasta que murieron cuando la validez de la teoría de Einstein fue reconocida universalmente. Los cambios de paradigma no ocurren sin la emergencia de conflictos, en muchas ocasiones insalvables (Kuhn, 1971, p. 258).

II. Del paradigma freudiano al lacaniano

Es bien conocido también que, aunque en numerosas ocasiones Jacques Lacan sostuvo que la teoría era ficcional (Manoni, 1979) y por ende que no era preponderante en un psicoanálisis básicamente práctico, su modelo teórico realizó un cambio de paradigma respecto al freudiano. Su incorporación de la tríada Real, Simbólico, Imaginario (RSI) como dimensiones de la realidad humana, ocasionó que el díadico modelo freudiano (basado en la idea del conflicto psíquico entre los deseos inconscientes y las instancias represoras) fuese primero revisado en su totalidad (su retour a Freud) y después relevado por el nuevo modelo.

En este ensayo no me referiré a todos los elementos propios del paradigma lacaniano pues ya lo desarrollé en otro trabajo (Tamayo, 2004). Me detendré exclusivamente en aquellos que se opusieron claramente al paradigma freudiano. En consecuencia, revisaremos sus tesis sobre el fin del análisis, la contratransferencia, el Edipo, el inconsciente, la temporalidad e incluso el conflicto psíquico, los cuales son comprendidos de una manera nueva gracias al paradigma lacaniano.

El fin del análisis. Sabemos bien que fue Sigmund Freud, quien sostuvo que la tarea del análisis era “hacer consciente lo inconsciente”, eso que indica su multirreferida fórmula: Wo Es war soll Ich werden (donde Ello estaba, el Yo debe advenir). Dicho anhelo, sin embargo, al final se le reveló imposible pues se dio cuenta de que tal tarea era obstaculizada por la existencia de “la roca de la castración” o “el ombligo del sueño”, es decir, Freud constató que era imposible que el inconsciente fuese hecho consciente en su totalidad. Fue por ello que, en Análisis terminable e interminable sostuvo que el análisis era inacabable y, por ende, que los analistas en ejercicio debían reanalizarse “cada cinco años” (Freud, 1976, XXIII, p. 251).

El paradigma lacaniano permitió plantear la cuestión en términos completamente diferentes. Hizo reposar la clave del análisis ya no en el anhelo de completud –la consciencia plenamente consciente—, sino en la carencia. Abandonar tal anhelo le permitió darse cuenta de que la clave del fin del análisis estaba en el fenómeno de la transferencia. Lacan derivó que un análisis podía terminarse a condición de que la transferencia terminase en la ocasión de la emergencia de la carencia en el sujeto –la castración simbólica— y la aparición del objeto a minúscula. Lo escribe con su bien conocida oscuridad en su Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la escuela:

El paso del psicoanalizante al psicoanalista, tiene una puerta cuyo gozne es el resto que hace su división, pues esa división no es más que la del sujeto, cuya causa es ese resto. En este vuelco donde el sujeto ve zozobrar la seguridad que le daba ese fantasma donde se constituye para cada quien su ventana sobre lo real, se percibe que el asidero del deseo no es más que el de un deser. En ese deser se revela lo inesencial del sujeto supuesto al saber, donde el psicoanalista por venir se consagra al agalma de la esencia del deseo, dispuesto a pagarlo reduciéndose, él y su nombre, al significante cualquiera (Lacan, 1967).

Moustapha Safouan en su ensayo Jacques Lacan y la cuestión de la formación de los analistas lo articula de esta manera:

El fin del análisis concierne a las relaciones del analizante no con la persona del analista sino con el análisis. Es, si cabe la expresión, el momento en que el algoritmo del sujeto que supuestamente sabe entrega su secreto de que es también el algoritmo de lo que Lacan llama “el constituyente ternario de la función analítica” o bien del objeto (a), del que entonces se pone de manifiesto que el analista no era más que el depositario. Así es como, por gracia del analizante, el analista se ve afectado por un “des-ser” mientras que, por su parte, el analizante recibe una “destitución subjetiva” que estaba ya implícita en la “primera norma fundamental” (Safouan, 1984, p. 65).

En resumen, para Lacan el análisis termina cuando el Otro, el analista en tanto garante, se revela inexistente (su des-ser), el Sujeto asume su castración (su destitución subjetiva) y emerge como residuo de la operación el objeto a, el causante del deseo.

La “resistencia”. En el paradigma lacaniano el conflicto psíquico ya no da lugar al bien conocido “Usted se resiste”, propio de los postfreudianos cercanos a Anna Freud, es decir, aquellos que reprochaban al analizante su falta de apoyo al proceso psicoterapéutico. El abandono del modelo diádico freudiano permitió a Lacan darse cuenta de que en el psicoanálisis no tenía sentido reprochar al analizante su “falta de colaboración”, es más, que era totalmente esperable que dicha “resistencia” ocurriese a causa de la existencia de las instancias represoras de los deseos inconscientes. Tal conocimiento obligó a Lacan a modificar incluso la consigna inicial –la regla fundamental— que dirigía a sus analizantes. En vez de solicitar una esperanzada colaboración “Diga todo lo que pase por su cabeza sin realizar juicios de valor… enunciaba una desencantada constatación: Le dejo la palabra. Trate de decir la verdad. Es algo sin esperanza; no se llega jamás a decir la verdad. Pero la cosa no será peor si usted hace un esfuerzo.” (Allouch, 1998, p. 176).

Esto es así porque Lacan no consideraba una tarea central del análisis promover el establecimiento de un yo fuerte, sino que consideraba al yo como “una función de desconocimiento” (Lacan, 1975), una a la que hacía mucho bien el reconocer sus límites, su carencia.

El complejo de Edipo.El paradigma lacaniano comprende el Edipo de una manera muy diferente a la freudiana. Mientras Freud, por no haberse detenido a definir lo que era una niña o un niño, sino que los daba por “comprendidos” y “establecidos” se vio obligado a plantear dos tipos de complejos de Edipo, el del niño y el de la niña. En el caso de ésta última, por carecer de una amenaza de castración “verdaderamente castradora” (pues “las niñas nacen sin falo y, por ende, la amenaza de castración ya no podría quitarles nada”), es obligado a sostener que en las niñas el heredero del complejo de Edipo –el Superyó—es mucho más débil que en el caso de los niños. Razón por la cual varias integrantes del movimiento feminista criticaron, con toda razón, la misoginia presente en tales tesis freudianas (Kristeva, 2019).

En el caso de Lacan el Edipo se establece de otra manera. En primer lugar, lo vincula con el momento en el cual el sujeto se incorpora al mundo simbólico, es decir y para decirlo en los términos de Lacan, el momento cuando, ante la falta del objeto de satisfacción –la madre— la sustituye mediante una acción –un juego como el del carrete de hilo que aparece y desaparece (el Fort-Da)— o un significante como el universal “mamá” (presencia de ausencia). Al enunciar el significante “mamá” –fruto de la vocalización ligada al abrir y cerrar los labios— el niño no sólo nomina al objeto de satisfacción, sino que tal palabra también funciona como llamado (apel) de la madre, lo cual estimula su repetición incorporando al niño de manera creciente en el mundo del lenguaje. 1 Muy poco después, y como consecuencia de lo anterior, el niño suma a su primera alienación –la que lo hace reconocerse en su imagen especular—, una segunda alienación, la que le permitirle reconocerse en su nombre propio —“soy fulanito de tal”— lo cual constituye su ticket de entrada al universo simbólico, al mundo humano. Dicha operación que implica dejar atrás no sólo al primer tiempo del Edipo (el de la unidad narcisística niño-madre) sino al segundo tiempo (el instante en el que la madre permite al padre que irrumpa para separarla de su bebé) establece, en el tercer tiempo, la estructura triádica: niño-madre-padre. En el esquema lacaniano del Edipo –“Edipo estructura” lo llama Hugo Bleichmar (1972)— ya no es necesario contar con la diferencia sexual. Nacer “peneano” o vaginiano” es completamente irrelevante para el Edipo concebido como “estructura”.


1 Lacan (1975), sesión del 12 de mayo de 1954.


El Inconsciente. El inconsciente es leído en el paradigma lacaniano desde lo que, en aquellos años, la lingüística aportaba a las ciencias humanas. Inicialmente, Lacan define al Inconsciente como “el discurso del otro”, “estructurado como un lenguaje” y, después como “une bévue” –la transliteración del Unbewusste freudiano—, una instancia superficial y aprehensible en nuestra experiencia cotidiana. En el paradigma lacaniano, las “formaciones del inconsciente” (lapsus, chistes, sueños, fantasías, transferencia) son “superficiales”, y ya no algo propio de “las profundidades” del psiquismo.

La temporalidad. Después de realizar una rigurosa revisión del aporte freudiano de la temporalidad —recordemos que Freud subvierte el modelo aristotélico-newtoniano de la flecha del tiempo (ese que considera que corre inexorable del pasado al futuro), con su temporalidad retrógrada (nachträglich), esa que indica que los síntomas se establecen en un movimiento que desde el futuro modifica el pasado—, Lacan establece otra temporalidad, una propia de la intervención terapéutica y, en el fondo, de cualquier decisión: una temporalidad que se realiza en tres momentos que reflejan el paradigma Imaginario-Simbólico-Real: el instante de la mirada, el tiempo para comprender y el momento de concluir (Tamayo, 1989).

La “contratransferencia”. En el paradigma lacaniano, la “contratransferencia”, definida como “la reacción del analista respecto a la transferencia de su analizante”, queda reducida a una mera transferencia más. Al analizar cuidadosamente las supuestamente reacciones contratransferenciales en muchos casos —entre los que se encuentran los de Annie Reich y Michael Balint—, Lacan demuestra que tales eran, simples reacciones transferenciales de los terapeutas respecto a sus analizantes. De tal manera, Lacan (1975, p. 31) demuestra que era innecesario establecer un concepto nuevo como el de “contratransferencia”.

III. El psicoanálisis shandiano como nuevo paradigma del psicoanálisis


La folie surgit quand les seismes de la grande histoire, objective,
publique, rencontrent la petite histoire, subjective et privée, et
pulverisent tous les rapports sociaux, y compris familiaux.
Davoine, La folie Wittgenstein (1992, p. 54).

1. Antecedentes

Proveniente del campo de las Letras clásicas y la Sociología, en los años 60 del siglo pasado Françoise Davoine se incorpora al Centro de Estudios de Movimientos sociales de l’École Pratique des Hautes Etudes de Paris dirigido por el sociólogo Alain Touraine y, al mismo tiempo y acompañada por Jean-Max Gaudillière, asiste al seminario L’envers de la psychanalyse (El reverso del psicoanálisis) de Jacques Lacan. Años después –y tras su paso por la Chestnut Lodge de Otto Will y Martin Cooperman—denominará “psychanalyse a l’envers” (psicoanálisis al revés) a su propuesta para analizar el trauma y la psicosis. En aquellos años también revisa la obra previa de Lacan y se analiza con un lacaniano. Por consejo de Touraine se acerca a la antipsiquiatría inglesa (Ronald Laing, Morton Schatzman) e italiana (Franco Basaglia y su Psychiatrica Democratica). Finalmente, en un encuentro psicoanalítico en Montreal les indican que en el Austin Riggs Center de Boston se practicaba el psicoanálisis de la locura y comienzan a viajar allí durante los veranos. Ahí conocen –en pensamiento o en obra— a una plétora de analistas abocados a la comprensión y el tratamiento de los enloquecidos por la guerra: William Rivers, Wilfred Bion, Martin Cooperman, Otto Will, Frieda Fromm Reichmann y Harry Stack Sullivan, entre otros.2


2 William Rivers había modificado la técnica freudiana con el fin de acceder a los traumas disociados de los oficiales ingleses de la Primera Guerra Mundial, como también habían hecho Ferenczi en el hospital militar de Budapest y Frieda Fromm Reichmann en el de Könisgsberg. Esta última no interrumpió su práctica durante la Segunda Guerra Mundial, como tampoco hicieron William Fairbairn y Wilfred Bion en Inglaterra, Françoise Dolto en Francia ni Harry Stack Sullivan en los Estados Unidos. Al respecto no sobra recordar que Lacan apenas escribe sobre su experiencia en la segunda guerra mundial a pesar de haberse encontrado con Bion. En La psiquiatría inglesa y la guerra, Lacan (1947/2001) sólo menciona: “Cuando, en septiembre de 1945, estuve en Londres, acababan apenas de apagarse las luces del V-Day”.


En una de esas visitas, asimismo, son invitados por Jerry Mohatt (un Lakota –sioux—) a una ceremonia de curación de su pueblo en la reserva Rosebud. Entablan vínculo con los medicine men Joe Eagle Elk y su asistente Stanley Red Bird. Con los lakota, refuerzan la idea de la importancia del lazo social: la fórmula ritual que se cantaba en sus ceremonias “All my relatives” (Todos mis parientes) (Todos mis parientes, es decir, a todos los que estoy ligado) insistía en la relación con los espíritus de los antepasados y los seres que habitaban las tierras de las cuales habían sido expulsados.

Tales experiencias los obligan a distanciarse poco a poco de las tesis de Lacan. En una ocasión Otto Will, el entonces director del Austen Riggs Center, les pregunta “¿Creen Ustedes en el psicoanálisis?”, y ellos “tienen que reconocer que ya no seguían el dogma según el cual la psicosis era inaccesible a la transferencia, ni creían que su estructura estuviese provocada por el repudio (forclusion) del nombre del padre, como decía Lacan” (Davoine, 2022).

La formación de Davoine y Gaudillière –entre las Letras clásicas y la sociología—, así como su acercamiento a los traumatizados por la guerra, tenía un componente común obligado: la historia, y tal elemento les permitió leer de una manera novedosa lo que ocurría con las personas que atravesaban por la locura.

En un congreso de La Escuela Freudiana de Paris se presentan con Edmond Sanquer como “sociólogos interesados en la relación entre la locura y el vínculo social, pero sin haber estudiado ni la psiquiatría ni la psicología, sino las letras clásicas” (Davoine, 2022). Es entonces cuando él los invita al hospital de Prémontré dans l'Aisne, situado en el corazón del bosque de Saint-Gobain, en lo que había sido una abadía del Siglo XVIII.

Para llegar al hospital, diariamente cruzaban por los cementerios de los caídos en todas las batallas que se habían desarrollado en la región, lo cual les obliga a reflexionar sobre la guerra:

Las guerras […] son esas circunstancias extremas en las que el desmoronamiento de todas las referencias hace surgir lazos por fuera de la norma. Esa gente a la que llamamos locos […] nos dan la medida de lo que ha debido hacerse para sobrevivir. […] a través de sus síntomas, pacientes que no padecieron directamente los traumas de los combates, persisten, en el periodo de entreguerras, en testimoniar esos derrumbes del tiempo y de las garantías de la palabra […] esas zonas catastróficas se actualizan de inmediato en el trabajo transferencial. […] las guerras de antaño se precipitan en las sesiones, a partir de las resonancias con puntos de la historia del analista o de su linaje. Tales interferencias, extrañamente familiares, uncanny, como dice Sullivan, ponen de relieve esas zonas catastróficas borradas (Davoine y Gaudillière, 2010, p. 29).

Y las situaciones límite no se restringen a los conflictos armados: “Inmigrantes, refugiados, parientes de asesinados, desaparecidos… la locura es una memoria que no olvida, a pesar de la legítima voluntad de olvidar el pasado” (Davoine y Gaudillière, 2010, p. 30). Tal interés por los traumatizados de guerra no es bien visto en la escuela de Lacan:

En esos mismos años expusimos en una reunión de la Escuela Freudiana de Paris la interferencia entre mi historia y la de mi paciente Fleur Bleue. En tal ocasión nos dicen: “¡Eso no es psicoanálisis!”, “¡Cómo es eso de que estos jóvenes analistas van a hacerse analizar en el manicomio!”. Gisela Pankow (una psicoanalista nacida en Alemania que emigró a París en 1950 y cuya familia se opuso al nazismo, y años después emigra a los EEUU convocada por Frida Fromm Reichmann) opinaba diferente. Cuando la visité después de leer su libro El hombre y su psicosis (Pankow, 1969), le conté la historia con Fleur Bleue. Ella respondió: “Por supuesto, primero tenemos que buscar la catástrofe”.

Al respecto indica Davoine las razones de su proceder terapéutico:

Me había acostumbrado a colocarme frente al radiador en el gran salón del hospital (de Prémontré dans l’Aisne), junto a Fleur Bleue una paciente mutilada e inmóvil. Embarazada de mi primer hijo, vi en ella el rostro rígido de mi madre después de mi nacimiento en 1943 en una zona de combate en Saboya. Los alemanes habían encarcelado a mi madre en las prisiones de Chalon-sur-Saône, Autun y Compiègne cuando estaba embarazada de mí y nunca hablaba de ello. Como antes indicaba, yo me colocaba de pie junto a Fleur Bleue y le decía lo que pasaba por mi cabeza (Davoine, 2022).

2. Corrigiendo la plana a Freud y Lacan

En Historia y trauma, Davoine y Gaudillière nos conminan a revisar cuidadosamente la carta que Freud escribe a Fliess el 21 de septiembre de 1897. En dicha carta nos encontramos con un Freud vacilante que intenta convencer a Fliess de las razones que tiene para abandonar una idea que había sostenido durante casi cinco años. Años después Freud señala que dicha idea –la teoría traumática de la histeria— provenía de Charcot y “juzgaba reales y de pertinencia etiológica los informes de pacientes que hacían remontar sus síntomas a vivencias sexuales pasivas de sus primeros años infantiles, vale, decir, dicho groseramente, a una seducción” (Freud, 2017, Briefe 139).

En 1897 Freud nomina a su nuevo descubrimiento como su “gran secreto” (grosse Geheimnis): “ya no creo en mi Neurótica” (Ich glaube an meine Neurotica nicht mehr), es decir, ya no cree en su teoría traumática. Sin embargo, Freud sabía que las razones para dejar atrás su “neurótica” eran débiles: porque el reconocimiento del abuso, por parte de sus pacientes, no conducía a mejoras significativas; porque el inconsciente no diferenciaba realidad de fantasía, porque “en las psicosis más profundas el inconsciente no se abre paso”; pero, sobre todo, porque sus pacientes, en general, culpabilizaban a su padre y “sería imposible que hubiese tantos padres abusadores”:

Dann die Überraschung, daß in sämtlichen Fällen der Vater als pervers beschuldigt werden mußte, mein eigener nicht ausgeschlossen (Además, por la sorpresa de que en todos los casos el padre debiera ser inculpado como perverso, sin excluir a mi propio padre) (Freud, 2017, Briefe 139).

En el texto “Los orígenes del psicoanálisis” incluido en el primer volúmen de las Obras completas de Freud, James Strachey indica que la inculpatoria frase en itálicas había sido suprimida en la versión de 1950, es decir, la editada por Marie Bonaparte, Anna Freud y Ernst Kris (Freud, 1976, 1, p. 301).

Davoine y Gaudillière se preguntan: ¿y por qué tendría que ser imposible que hubiese tantos padres abusadores?

Fue por amor a Freud –por transferencia inanalizada—que creímos en lo que él nos dijo. Como antes indicamos, Davoine y Gaudillière, por provenir del ámbito de los traumatizados de guerra, un ámbito donde los traumas no eran fantasías sino realidades concretas, eran capaces de leer lo ocurrido de otra manera.

Ellos sabían que en las situaciones límite, cuando ocurría una “traición de los suyos” y donde reinaba “una instancia sin fe ni ley”, era factible la realización de abusos reales, la ocurrencia de situaciones que rompían la garantía simbólica y dejaban a los sujetos ante la terrible experiencia se “ser un idiota entre canallas (“a Fool among Knaves”).

Como bien indican Davoine y Gaudillière, fue por amor a Jacob, su padre, que Freud optó por considerar como fantasías los abusos que le relataban sus analizantes, pues, hacerlo de otra manera implicaba reconocer a su propio padre como perverso.

Ese acto, ello es innegable, le permitió comprender y diseñar un tratamiento eficaz para sus histéricas, esas donde las fantasías y los deseos inconscientes –reprimidos— eran preponderantes.

Dicha opción, sin embargo, tuvo un costo, lo hizo incapaz de comprender y tratar a los traumatizados, aquellos cuyos síntomas no provenían del inconsciente reprimido sino de otro, ese que Davoine denomina “retranché” (recortado, cercenado, atrincherado).

Como indican Davoine y Gaudillière, Freud mismo, en su estudio sobre la Gradiva de Jensen, había abierto la puerta a otros “inconscientes no reprimidos”:

“Inconciente” es el término más lato, “reprimido” el más estrecho. Todo lo reprimido es inconciente, pero no de todo lo inconciente podemos aseverar que está reprimido (Freud, 1976, IX, p. 41).

Al optar por dejar atrás su Neurótica, Freud se hizo incapaz de tratar a las “neurosis narcisísticas”, las “psicosis” y a los “traumatizados”.

Lacan, como otros psicoanalistas y también por amor a Freud, tal y como indica al final de su Contribución a todo tratamiento posible de las psicosis, decidió no salir del camino abierto por Freud. En dicho texto, Lacan, después de realizar una larga disquisición sobre el abusador padre de Daniel Paul Schreber prefiere no avanzar en el reconocimiento del carácter traumático de su experiencia y sus implicaciones transferenciales:

Decir lo que en este terreno podemos hacer sería prematuro porque sería ir ahora “más allá de Freud” y la cuestión de superar a Freud ni se plantea siquiera cuando el psicoanálisis de después ha vuelto, como hemos dicho a la etapa de antes” (Lacan, 1984, p. 564).

Freud, sin embargo, ya había vuelto a estudiar el trauma. Ello ocurrió cuando se vio obligado a reconocer la existencia de la Pulsión de muerte. En su ensayo “Más allá del principio del placer”, Freud define el fenómeno:

“Llamamos traumáticas a las excitaciones externas que poseen fuerza suficiente para perforar la protección antiestímulo. […] Ya no podrá impedirse que el aparato anímico resulte anegado por grandes volúmenes de estímulo; entonces la tarea planteada es más bien esta otra: dominar el estímulo, ligar psíquicamente los volúmenes de estímulo que penetraron violentamente a fin de conducirlos, después, a su tramitación” (Freud, 1976, XVIII, p. 29).

Es gracias a este mecanismo que Freud puede explicar la ocurrencia de los sueños de punición, las “neurosis de guerra” y muchas otras situaciones donde opera la “compulsión de repetición”. Lo que produce la repetición es, indica Freud, la necesidad del aparato psíquico de “tramitar” los montos de estímulo que penetraron de manera violenta. Tales “estímulos” son irreconocibles para el yo y, a pesar de ser “internos”, son vividos como “externos”: alucinaciones, delirios, flashbacks y demás “reviviscencias traumáticas”. Entre tales fenómenos también se encuentran, “los pensamientos en busca de pensador” de los que hablaba Wilfred Bion (1995), la mémoire inoublieuse (memoria que no olvida)3 de Nicole Loraux y las “representaciones de imágenes sobrevivientes” (nachlebenden bildliche Vorstellungen) de Aby Warburg (2004).

Son tales traumatizados y enloquecidos los que en su carne y en sus actos muestran las heridas abiertas por las situaciones límite, por “la traición de los suyos”.4 Y Davoine y Gaudillière, a diferencia de Freud y Lacan, se permiten tratarlos a pesar de que, aparentemente, no existía transferencia (pues el terapeuta no es colocado, como indica Lacan, en la posición de Sujeto supuesto Saber). Davoine y Gaudillière nos mostrarán que se trata de otra transferencia.

3. Más lacanianos que los lacanianos: el sujeto y los pensamientos en busca de pensador

Lacan ya se había dado cuenta de que en el análisis se generaba un nuevo sujeto, uno “entremezclado”. En su artículo Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano, Lacan (1966) muestra que el sujeto no es una entidad racional y volitiva, el sujeto no eso sino “un efecto significante”, uno que “es hablado”, que “habrá sido” a consecuencia de sus actos. En el seminario El acto psicoanalítico, Lacan retoma la tesis: “el acto no comporta, en su instante, la presencia del sujeto”.5 Es el acto el que hace a su sujeto, como bien indica Allouch (1990, p. 31). En otro ensayo establecimos la vinculación del sujeto lacaniano con el Mitsein heideggeriano (Tamayo, 2001, p. 39), me permito aquí solamente señalar que el sujeto es intrincación (immixion), es decir, no es sin el otro, el sujeto “se presenta en varios personajes simultáneamente” (Porge, 1989, p. 10).


3 Nicole Loraux (1990) llamaba mémoire inoublieuse (memoria que no olvida) a la de aquellos aquejados por traumas, es decir, el retorno al presente de una sensibilidad a los más pequeños detalles: olores, luces, voces, visiones y otros flashbacks.
4En Historia y trauma (2010) Davoine y Gaudillière modifican la frase planteada por al final de su Tractatus (§ 7: “De lo que no se puede hablar, es mejor callar") por “Cuando no se puede más hablar, tampoco se puede callar”, una frase derivada de la de Bion: “No se puede olvidar lo que no se recuerda” (Davoine y Gaudillière, 2010, p. 59).
5Lacan, 2024, Sesión del 29 de noviembre de 1967.


Dicha tesis permite entender una oscura fórmula que se encuentra en la Proposición del 9 de octubre de 1967:

Las cosas encuentran su lugar de inmediato si se recuerda lo que para el único sujeto en cuestión (que es, no lo olvidemos, el psicoanalizante), hay que saber (Lacan, 1967).

El sujeto como immixion intentó ser anulado por cierto lacanismo que intentaba controlar, mediante muy conscientes fórmulas cargadas de moral, la conducta de los analistas: “no hay que interpretar demasiado pronto” o “no se deben entregar los propios significantes”. Tal “etificación” del psicoanálisis, bien denunciada por Allouch (2010), se coló vía la obra de Foucault y llevó a Allouch mismo a sostener casi al final de su enseñanza: “el psicoanálisis será foucaultiano o no será”.

Allouch sostuvo dicha tesis después de que Foucault mismo había mostrado claramente su costado étificante –no sólo en su última entrevista, la de junio de 1984, sino al final del segundo volumen de su Historia de la sexualidad (“El uso de los placeres”). Me refiero a la tesis de su “ética de la existencia”, es decir, la que propone “hacer de nuestra vida una obra de arte”. Sinceramente considero muy difícil encontrar un anhelo más etificante, por no decir estoico y narcisista. Es por ello que no podía sino explotarle en las manos y, años después, a nadie resultó extraño que ese mismo “artista” fuese denunciado por su pederastia cuando compraba niños en el norte de África (Sorman, 2021).

Para Davoine y Gaudillière el sujeto está tan entremezclado con el otro, qué en el curso del análisis del trauma, su pequeña historia revela elementos insospechados de la gran Historia compartida con el analista. Es por ello que Davoine (1992) indicó que “cuando se cura un analizante, ella misma se cura un poco”.

Tal immixion des sujets (entermezcla de sujetos) es planteada desde La folie Wittgenstein (1992):

“Nos es estrictamente imposible saber lo que pensamos, pero podemos saber lo que otro piensa […] Una impresión recibida de otro, a condición de que nos la comunique, puede enseñarnos lo que pensamos e incluso lo que sentimos” (Davoine, 1992, p. 21).

No somos sin el otro. El otro no está afuera sino “adentro afuera”. Compartimos con el otro al sujeto, somos uno en él.

Pero al Yo le gusta creerse una entidad autónoma, libre y volitiva. Es por ello que en muchos casos la práctica analítica –esa definida por Freud como “la comunicación entre inconscientes”— es vivida desde el fracaso.

Para el Yo, bien definido por Lacan como “factor de desconocimiento”, es necesariamente oscuro lo que ocurre en las sesiones. Sin embargo, la actitud de coinvestigador que sigue los “principios de Salmon” (vide infra) y otorga valor a lo que el traumatizado dice, rinde frutos y, en el momento en el que el analista se permite entregar el pedacito de su historia compartida con el analizante, este último puede dejar su locura atrás.

4. Una nueva consideración del otro: el rechazo a la cosificación

Un elemento planteado tempranamente por Davoine y Gaudillière fue su rechazo a la cosificación presente en la clasificación psiquiátrica:

Es necesario aclarar desde ahora que con esta palabra [psicosis] nunca designamos la estructura de un individuo sino una forma de lazo social en una situación extrema (Davoine y Gaudillière, 2010, p. 29).

Lo reitero, la nominación de “psicosis”, o “neurosis” no es aplicable a las personas concretas sino al tipo de transferencia que presentan, cuestión que en esos mismos años también desarrollaban Allouch (1986) y Casanova (1995).

El paradigma psicoanalítico seguido por Davoine y Gaudillière permite apreciar claramente que la cosificación porta un esencialismo insostenible. Nos hace creer que podemos apreciar “la cosa en su verdad” y, por tanto, podemos asignar al otro, etiquetas: “mengano es un psicótico”, “zutano un neurótico”, olvidando lo que desde hace décadas enseña la hermenéutica: nuestro mundo es un “mundo interpretado”, es decir, lo que me es posible apreciar nunca es la cosa en sí sino mi interpretación de ella, el vínculo que establezco con ella. En consecuencia, la etiqueta de “neurosis, perversión o psicosis” —para seguir el modelo lacaniano establecido en su seminario Las formaciones del Inconsciente (1957-1958)— no es aplicable a las personas concretas sino al vínculo que con ellas establecemos, a la transferencia.

Es nuestro desconocimiento de nosotros mismos lo que nos hace concebir a los otros como “cosas etiquetables” cuando, en realidad, siempre son “lo que yo soy capaz de apreciar del otro”.

5. Una nueva manera de realizar la clínica: la transferencia como interferencia


Try again. Fail again.
Better again. Or better worse.
Fail worse again. Still worse again.
Till sick for good. Throw up for good.
Go for good. Where neither for good. Good and all.
Samuel Beckett, Worstward Ho (Rumbo a peor), 1983.

La clínica del trauma y la locura deriva de la concepción del sujeto como la entremezcla el yo con el otro y ello propicia la aplicación de los cuatro principios de la psicoterapia de guerra de Thomas Salmon –un terapeuta que el ejército estadounidense envió a la Gran guerra en 1917—: Proximidad, Inmediatez, Esperanza y Sencillez (Delaporte, 2021).

Davoine y Gaudillière también se dieron cuenta de que el analista se coloca en la posición de coinvestigador a causa de que en su clínica opera un tipo de transferencia muy peculiar, la transferencia como interferencia, una que ya había sido apreciada por el analista inglés y capitán de tanque durante la Gran Guerra Wilfred Bion. Recordemos que Bion, con el objeto de lograr que sus pacientes dejasen atrás las reviviscencias traumáticas, buscaba en sus enfermos “provocar el surgimiento de eventos registrados por “pensamientos sin pensador, en busca de un sujeto que los piense”, lo cual ocurría “a través de las interferencias propias de la transferencia con la locura y los traumas” (Bion, 1995, cit. por Davoine y Gaudillière, 2010, p. 306).

Una tesis ampliada por Jean-Max Gaudillière:

Esta transferencia singular cuestiona las referencias del psicoanálisis clásico, en cuanto la “neutralidad benevolente” se encuentra afectada por interferencias intempestivas. El recurso a la anamnesis no funciona, ya que el tiempo se detiene en zonas de catástrofes. La noción de causalidad es inadecuada, ya que supone el pasado de la causa y su efecto en el futuro. Los diferentes registros de alteridad son destruidos para dar lugar a una soledad radical. La identidad del sujeto ha estallado. En esta transferencia, el inconsciente no deriva de la represión, sino que se traduce en imágenes sensoriales que sobreviven a la catástrofe (Gaudillière, 2020, p. 18).

Dicha transferencia posibilita la emergencia de las “coincidencias”, es decir, de aquellas situaciones que muestran los puntos de contacto en el lazo social –de la pequeña historia del paciente con la gran Historia compartida con su analista— establecido en el tratamiento y que es la clave para que el enloquecido pueda liberarse de la continua repetición de la experiencia traumática.

6. Las coincidencias y el encuentro de la gran Historia y la pequeña historia

En sus Leçons de la folie (Lecciones de la locura), Gaudillière define primero a las coincidencias de acuerdo a Lacan:

En términos lacanianos, podemos decir que las coincidencias son un modo de aproximación a lo Real, definido como “lo que no cesa de no inscribirse” –o bien, “lo que no cesa de no escribirse”, lo que se escribe infatigablemente. “Lo Real es lo imposible”, decía Lacan, “vuelve siempre al mismo lugar”. Pero este imposible no es una fatalidad. Paradójicamente, la ausencia de articulación simbólica no deja el menor vacío, sino un espacio compacto y sin límites, lleno de producciones insensatas (Gaudillière, 2020, p. 4).

El análisis de la locura y el trauma propuesto por Davoine y Gaudillière transcurre entre tales “coincidencias”:

En esos momentos en que uno de algún modo es “tocado” –[touché], como se dice en esgrima—, el analista es atrapado en la zona catastrófica de la investigación. Sujeto y objeto se confunden, como el aquí y en otra parte, el adentro y el afuera. El pasado es actual, vuelven los muertos (Davoine y Gaudillière, 2010, p. 36).

Y tales coincidencias permiten la emergencia de una memoria que no olvida:

Nuestro trabajo hace existir zonas de no existencia, suprimidas por un golpe de fuerza que efectivamente tuvo lugar […] pone en marcha “una memoria que no olvida” (Davoine y Gaudillière, 2010, pp. 36-37).

En griego lo “no olvidado” se dice aletheia, es decir, la negación (a) del verbo letho (olvidar). Sabemos bien que la palabra aletheia es habitualmente traducida como la verdad –pues des-oculta, des-olvida: “un delirio dice más que todos los cables de una agencia de noticias sobre hechos olvidados, sin derecho a la existencia” (Davoine y Gaudillière, 2010, p. 37).

Y dicha verdad, tal y como nos enseña Gaudillière se presenta bajo la forma de coincidencias:

Las coincidencias forman parte de las herramientas de la transferencia con quienes buscan inscribir una historia amputada. Venidas de no sabemos dónde, estas coincidencias desplazan al analista, atrapándolo a través de un fragmento que lo religa a la zona de catástrofe. Aquí, a través de palabras. Un tic psicoanalítico dice: “no es casualidad si...”. Y, sin embargo, precisamente, no veo ahí ningún determinismo, ni siquiera inconsciente, salvo volverme loco por mi parte. […] Las coincidencias crean un intersticio inquietante —Uncanny, Unheimlich— que abre la posibilidad de un entre-dos, de un entre-tiempo denominado Ma o Aida en japonés. Producen al otro en la soledad extrema donde se despliega la locura, ahí donde ningún otro puede responder. En ese lugar, un encuentro azaroso puede transformarse en interferencia. Nuestros pacientes nos preguntan: “¿Por qué azar lo he encontrado a usted?” (Gaudillière, 2020, pp. 3-4).

Y gracias a dicha “transferencia como interferencia” el analista opera como “vaso comunicante”, como “palimpesto” donde puede inscribirse lo olvidado:

En aquellos momentos, el antropólogo inglés William Rivers, psicoanalista de soldados que retornaban del frente durante la guerra del 14, señalaba que él operaba como un “vaso comunicante”. En otros términos, el “cadáver exquisito” aquí soy yo. O más bien soy el papel sobre el cual se imprime una imagen de palabra o de cosa, en ausencia de un relato que ellos no logran producir (Gaudillière, 2020, p.4).

Dichas coincidencias son el elemento clave de la cura al restablecer el lazo social:

Las coincidencias marcan momentos donde puede advenir un grado cero del encuentro con el analista, permitiendo emprender lo que sigue. ¿Se trata del azar objetivo de los surrealistas? No lo sé. Sólo sé que la palabra “surrealismo” fue inventada por Apollinaire, “el poeta estrellado” a causa de una herida en la cabeza que recibió en el frente de la guerra del 14. Cuando este paciente y Yo —un pronombre que sería mejor reemplazar por el Self de Sullivan, que designa el entre-dos de nuestra relación— hablábamos de lo que yo podía tener en la cabeza, y de repente la coincidencia de la canción norteamericana [una que el analista asoció] produjo que el delirio se detuviera (Gaudillière, 2020, pp. 4 y 6).

7. Volver a echar a andar la rueda del tiempo

Finalmente, gracias al restablecimiento del lazo social derivado del encuentro de la gran Historia con la pequeña historia y a poder recordar con el mayor detalle lo vivido y haberlo “pasado” al terapeuta, el traumatizado deja atrás el trauma y se vuelve a echar a andar la rueda del tiempo:

En esos relatos en que el proceso analítico fracasa, el hallazgo y la interpretación siempre se fundan en un pedacito de historia que escapó a la Historia. Actualizado en la transferencia, ese pedacito a veces permite que el tiempo vuelva a ponerse en marcha (Davoine y Gaudillière, 2010, p. 37).

En el trauma ocurre:

La explosión, sin metáfora, de las garantías de la palabra y la deconstrucción de todas las referencias deja al sujeto que se ve confrontado en ellas en un estado de extrañamiento y soledad absoluta respecto al resto de los lazos que hasta entonces le eran familiares […] Esta extrañeza en el mundo se transmite a tal o cual descendiente que intentará, mediante un golpe de locura, hacer oír y mostrar el estrépito y los gritos que han permanecido en una memoria que no olvida (Davoine y Gaudillière, 2010, p. 38).

Afortunadamente y gracias a la coincidencia con su analista, su therapon, el analizante puede recuperarse y dejar atrás su locura:

Hasta encontrar a alguien a quien le ha sido dado dejarse llevar hasta esos lugares que ya nadie quiere ver ni oír, para inscribirlo en la tradición oral, parecida a la epopeya, e iniciar una transmisión (Davoine y Gaudillière, 2010, p. 38).

Conclusión


“Mi vida sólo tiene sentido en relación con el psicoanálisis”.
Sigmund Freud (Nachschrift de 1935 a su Presentación autobiográfica, 1914).

Por todo lo anterior, considero que la propuesta de Davoine y Gaudillière posee todo lo necesario para ser considerada como un nuevo paradigma para el psicoanálisis: no sólo corrige y amplía el arsenal teórico, sino que posibilita una clínica que no se opone, sino que amplía la establecida por Freud y Lacan. Su trabajo, tal y como indica Davoine en el prólogo a las Lecciones de la locura de Jean-Max Gaudillière, también incide en la manera como se sitúa el analista en los eventos de su tiempo:

Una lección insistente recorre esos seminarios: el combate que emprende la locura contra el agente del borramiento de huellas que se traduce en una detención del tiempo. En las obras que he citado, es posible volver a ponerlas en marcha a pesar de diagnósticos deficitarios y desalentadores, suscitando, en el entre-dos, un sujeto que Benedetti llama “transicional” y que nosotros podemos calificar como “sujeto político” en tanto emerge de la resistencia a la perversión totalitaria (Gaudillière, 2020, pp. 3 y 4).

El psicoanálisis shandiano de Davoine, como antes indicamos, corrige y amplía los elaborados por Freud y Lacan— un paradigma que construye desde fines del siglo pasado y en cuyo establecimiento colaboró su colega y esposo Jean-Max Gaudillière (QEPD). No sobra recordar que, con él, no sólo animó, durante más de tres décadas, el seminario Locura y lazo social en l’École d’Hautes Études en Sciences Sociales sino que, además, realizó una clínica psicoanalítica novedosa en varias clínicas psiquiátricas —Prémontré dans l’Aisne, Villejuif.

Dicha práctica nos ha permitido vislumbrar una clínica efectiva para tratar analíticamente a pacientes que eran considerados incurables mediante el psicoanálisis, esos que la psiquiatría denomina “psicóticos” y que eran recluidos en hospitales psiquiátricos o sometidos mediante cadenas químicas. Françoise Davoine y Jean-Max Gaudillière nos mostraron que era posible realizar con ellos una clínica psicoanalítica, una que no solo les permitiese reescribir su historia sino, gracias a analizar los elementos de su inconsciente recortado (retranché), volver a echar a andar la rueda del tiempo. Dicha tarea sólo puede ser realizada por analistas que se permitan actuar como therapon, es decir, como el segundo en el combate de la Grecia arcaica: el que cuidaba la espalda del guerrero y, en caso de la muerte del primero, heredaba sus armas y se encargaba de los ritos funerarios. La transferencia como interferencia propuesta en el Psicoanálisis shandiano coloca al analista como therapon y le permite reconocer el entrecruce de la Gran Historia compartida por las naciones y los pueblos con la pequeña historia subjetiva, restableciendo de esa manera el lazo social perdido en la situación traumática, esa ocurrida cuando la “traición de los suyos” hizo pedazos el contrato social y acercó al traumatizado la amarga experiencia de ser un fool entre knaves. Una experiencia de la que sólo puede salir constituyéndose, indican Davoine y Gaudillière, como sujeto político.

Nota: Este ensayo forma parte del proyecto de investigación “El psicólogo como agente de cambio socioambiental”, UAEM 2025-2026.


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